Al dejar Chicago, lamentablemente, nuestro viaje llegó a su fin. Sin embargo, todo lo vivido durante esos 21 días permanecerá con nosotros por siempre.
A modo de despedida, les dejo el epílogo con algunas reflexiones acerca de la experiencia. También aprovecho para invitarlos a leer el prólogo –si aún no lo hicieron- y a que visiten los archivos del blog, si no leyeron algún post o se quedaron sin conocer alguna ciudad o pueblo del camino.
¡Gracias, querido lector, por acompañarme en esta travesía literaria!
Lo grandioso de asistir a una “jam session” en Buddy Guy´s Legendsno es sólo la variedad de excelentes músicos con distintos estilos y procedencias que se pueden ver en una sola noche, sino también la posibilidad de cruzarse con el mismísimo dueño del lugar. Eso nos ocurrió cuando fuimos a cenar al restaurante del célebre guitarrista con la única expectativa de pasar un buen rato.
Las “jams sessions” tienen lugar todos los lunes a las 9 de la noche. Hasta esa hora, todo aquél que quiera subir a tocar en el transcurso de la velada puede anotarse en una lista, entrar gratis al establecimiento e incluso hacer ingresar a un acompañante a mitad de precio. La banda local hace sonar blues durante una hora y, luego –a partir de las 10-, el escenario se convierte en el territorio de los músicos invitados.
El lunes que estuvimos allí, nos sorprendimos ante el despliegue de talentos que presenciamos. Pero nuestra sorpresa fue aún mayor cuando un señor de un poco más de 70 años –vestido con camisa hawaiana y boina- se sumó a la banda oficial para entonar un par de canciones de forma improvisada. Ese señor, que también bromeó y contó anécdotas mientras tomaba una copa sobre el escenario en compañía de una de las meseras, era nada más y nada menos que Buddy Guy.
Si se es un melómano que además disfruta de la buena comida y cuyo viaje está inspirado justamente en aquella pasión por la música y la búsqueda de sus orígenes, ¿qué más se puede pedir que estar en un restaurante de Chicago, comiendo un delicioso pescado estilo “cajun”, y que aparezca inesperadamente una de las eminencias del blues sobre el escenario? La verdad, nada.
Aunque nunca creímos que esa sensación de estar viviendo un momento único sería superada, lo fue; al menos para mi marido. Cuando se alejó de la mesa para sacar algunas fotos del lugar, se encontró con Buddy acodado en la barra del bar. El intercambio amistoso de palabras y la foto abrazando al grande fueron suficientes para que regresara a la mesa con esa expresión de felicidad que sólo otorga el sueño cumplido. Lamentablemente, no pude ser testigo del encuentro ni sacar la foto en cuestión porque la barra no era visible desde donde estaba sentada y no había tiempo para ir a buscarme. El momento de la foto era ése –único e irrepetible- y había que aprovecharlo.
Buddy se esfumó tan rápido como había aparecido y la música continuó hasta entrada la madrugada. Las bandas y solistas invitados fueron llamados uno por uno, siguiendo el orden de la lista. Nos divertimos muchísimo viendo a una cantante “hiperplatinada” con un atuendo amarillo furioso, a tono con su cabellera. Su aspecto y actitud desenfadados combinados con una muy buena voz dieron como resultado un espectáculo sumamente gracioso y entretenido. Lo más cómico fue cuando se acercó a un hombre tímido del público, lo sentó frente al escenario, se le plantó delante y –mientras le cantaba su serenata- le dedicó una serie de insinuaciones que lo hicieron morir de risa y de vergüenza. La esposa de la “víctima” en cuestión y los amigos que los acompañaban sacaron fotos y celebraron la comedia, que se volvió cada vez más osada a medida que el público la alentaba. La “señora de amarillo” cantó, bailó, jugó su juego de seducción e hizo reír a todo el mundo. Y, a la vez, –ante la incomodidad del hombre que le había servido como “objeto de deseo”- despertó un sentimiento de piedad generalizado, que en el público masculino se combinó con una pizca de alivio por haber tenido la suerte de no ocupar el lugar de aquél.
Además del soul de la “blonda por elección”, un trío en el que dos de los integrantes eran hermanos llamó particularmente nuestra atención por lo bien que sonaba en vivo. La banda hacía covers de grandes bluseros de todos los tiempos con un estilo muy personal y los alternaba con algunos temas propios no sólo de blues, sino también de rock & roll y rhythm and blues. Un amigo del grupo se ocupó de distribuir cds gratuitos para promocionarlo y fue así como nos enteramos de que el nombre del líder era Michael Schaefer-Murray.
La experiencia en el restaurante y bar de Buddy Guy fue de ésas que no se olvidan. Lamentablemente, no nos alcanzaron las noches para conocer otro de los establecimientos con música en vivo altamente recomendados de Chicago: House of Blues.
Será cuestión de volver a la gran ciudad ventosa de los rascacielos imponentes para seguir descubriendo sus tesoros ocultos y disfrutando de su grandioso blues eléctrico.
Una visita al Ernest Hemingway´s Birthplace en Oak Park resulta obligada no sólo para aquellos que disfruten de la obra de ese gran autor en particular, sino también para todos los amantes de la literatura en general y los curiosos a los que les interese ver cómo se vivía en una lujosa casa estadounidense entre fines del siglo XIX y principios del XX.
En 1890, los abuelos maternos de Ernest Hemingway construyeron el hogar donde –nueve años más tarde- nació él, en una de las habitaciones del segundo piso. La familia vivió allí hasta la muerte del abuelo, cuando Ernest tenía tan sólo cinco años. Luego, el matrimonio se mudó con sus seis hijos a otra casa cercana de estilo “de la Pradera”, por lo que el autor permaneció vinculado a Oak Park durante sus primeros veinte años de vida y –como se negó a ir a la universidad- fue en este barrio donde recibió su única educación formal.
Luego de pasar por manos de seis dueños distintos, la mansión de diseño “Queen Anne” y decoración victoriana fue comprada por “The Ernest Hemingway Foundation of Oak Park” en diciembre de 1992 y restaurada gracias al esfuerzo de muchos voluntarios y contribuyentes. Luego de largos años de investigación para lograr que la casa fuera lo más fiel posible a la original de 1890, el trabajo fue completado en noviembre de 2001. A continuación, un video en el que se recorre el lugar y se hace referencia a la importancia de su restauración:
En la actualidad, el visitante puede pasearse por el hogar de uno de los escritores más significativos del siglo XX en compañía de un guía y, a medida que avanza, imaginarse cómo habrá sido la infancia del ganador del Pulitzer (1953) y el Premio Nobel (1954) y qué detalles de esos primeros años de vida habrán influido significativamente en su prosa.
Durante nuestro recorrido, nos enteramos de que sus padres ocupaban habitaciones separadas. Además de ser una costumbre que se ajustaba a las premisas victorianas, resultaba particularmente práctica para los Hemingway, dado que Clarence “Ed” era médico y muchas veces se veía obligado a atender pacientes en medio de la noche. “Ed” disfrutaba de la vida al aire libre, coleccionaba especímenes que recolectaba en sus salidas y fue quien le inculcó a Ernest su pasión por la naturaleza, la caza y la pesca. La madre, Grace Hall, era maestra de piano y algunas de sus criadas le ofrecían sus servicios a cambio de alojamiento y clases particulares. Ella llevaba a Ernest a ver espectáculos de ópera y museos y fue la encargada de estimularlo culturalmente. Ernest Hall, el abuelo –al que los niños llamaban cariñosamente “Aba”-, era el guía espiritual de la familia. Leía la biblia para todos y el pequeño Ernest y sus hermanos lo acompañaban en sus plegarias. Tyley Hancock, tío de Grace, ocupaba una habitación en la segunda planta. Como había viajado mucho, narraba sus aventuras a la familia. Es probable que las historias de Tyley ejercieran cierta influencia en Ernest y que aquél fuera en parte responsable de la posterior fascinación por los viajes y el peligro de su sobrino nieto. El hogar estaba provisto con una importante biblioteca, por lo que los hermanos Hemingway eran lectores ávidos y, muchas veces, recreaban historias y recitaban poemas frente a los adultos.
Lo que llamó particularmente nuestra atención del relato del guía fue la descripción de la relación de Ernest con su madre. Según nos dijo, cuando lo dio a luz esperaba con ansias una hija, por lo que durante su temprana infancia le cortó el pelo y lo vistió igual que a su hermana Marcelline, llegando a hacerlos pasar por “niñas gemelas” durante los primeros años de escuela. Cuando Ernest creció y decidió dedicarse al oficio de escritor, Grace nunca lo tomó en serio. Aparentemente, el distanciamiento entre madre e hijo fue creciendo con el paso de los años y devino en un enfrentamiento a punto tal que, cuando Hemingway se consagró a nivel mundial, el periódico de Oak Park apenas lo mencionó en un pequeño recuadro, por el respeto que la comunidad sentía por Grace.
Todos esos datos, referidos de forma aislada por el guía, me llevaron a cuestionarme hasta qué punto el suicidio del padre y, sobre todo, la relación con esa madre –que imaginé controladora y mezquina- pudieron afectar a Ernest, cuya vida amorosa podría ser catalogada retrospectivamente de catastrófica. Y a la vez, me pregunté si el pequeño Ernest –que era forzado a vestirse como su hermana y cuyos méritos artísticos no eran reconocidos por sus padres- se hubiese convertido en el gran autor que fue si, tal vez, no hubiera sufrido esos “traumas infantiles”. ¿Hubiera viajado de una punta a otra del mundo en busca de peligros extremos, poniendo su vida sistemáticamente en riesgo? ¿Hubiera acudido al alcohol en busca de consuelo? ¿Se hubiera suicidado? Puras conjeturas. Ninguna certeza.
Lo único que nos queda es la obra y algunos datos biográficos. Se puede ser admirador de Hemingway como escritor y, a la vez, indiferente a su historia de vida. Pero, si se indaga al menos un poco, no puede negarse que tanto “Hemingway autor” como “Hemingway hombre” resultan personajes intrigantes. Es que el límite entre vida y obra en su caso es, por momentos, tan difuso que –muchas veces- resulta difícil definir dónde termina un Hemingway y empieza el otro.
Blue Chicago es un bar ubicado en el número 536 de N Clark Street, donde todas las noches se puede ver a grandes bluseros de la ciudad tocando en vivo. Si bien la entrada no es gratuita como en otros lugares, los músicos que allí se lucen hacen valer la inversión.
El establecimiento consta de un largo y angosto pasillo rodeado por mesas de madera, de un lado, y una barra con bancos altos, del otro. Al traspasar la puerta, se debe avanzar unos cuantos metros para llegar al pequeño escenario, ubicado en el fondo. La decoración es sencilla. Destaca una lámina enmarcada con el diseño característico del bar: en primer plano, una bella cantante de blues con una flor en el pelo recogido en forma de rodete y, al fondo, los músicos que la acompañan. Esta pintura es reproducida en posters y remeras, que se venden en la barra además de otras con diferentes motivos musicales.
La noche que estuvimos allí logramos conseguir asientos junto a la barra. Pedimos un par de tragos, nos relajamos y disfrutamos de un show alucinante a cargo de la Linsey Alexander Blues Band. La habilidad de Linsey con la guitarra nos fascinó. En un principio, sentado en un banquito ubicado a un costado del escenario, tocó y cantó algunos blues tranquilos. A medida que fue avanzando la noche, mediante sus largos solos de guitarra, pareció transportarse a otra dimensión, llevándonos consigo. Bajó del escenario para mezclarse entre el público y demostró lo que es ser un verdadero exponente del blues eléctrico. La multitud vibraba y Linsey no podía estar más en su salsa.
Para que vean a qué me refiero, a continuación comparto un video del blusero tocando en Cool River Draught House, un bar ubicado en Homer Glen, Illinois, a 40 km de Chicago:
Investigando acerca de este músico hasta entonces desconocido para mí, descubrí que –como tantos otros- es originario de Mississippi y criado en Memphis. A pesar de ello, fue en el sur de Chicago donde encontró el lugar para desarrollar y difundir su música. A lo largo de su vida, llegó a tocar con grandes como B.B. King, Buddy Guy, Little Milton, entre otros. Sin embargo, sigue siendo fiel a su propio estilo, combinando blues y rythm & blues. Según él, “el blues no es difícil; es sólo un documental acerca de la vida”.
A continuación, se lo puede ver interpretando “Snowing in Chicago”, una de sus canciones originales, en Blue Chicago:
Transcurridos unos cuantos sets, Linsey invitó a Laretha Weathersby para que se les sumara. Además parecernos una excelente vocalista, quedamos cautivados por su carisma y energía sobre el escenario. Si no me creen pueden verla interpretando “Proud Mary” junto a la Linsey Alexander Blues Band, también en Blue Chicago:
Fue una noche sencillamente inolvidable, como tantas otras en Chicago. Hay mucha oferta musical en esta gran ciudad, por lo que resulta imposible visitar todos los establecimientos con shows en vivo que pueden llegar a interesarnos y descubrir en ellos a los grandes talentos locales. Sin embargo, vale la pena intentarlo.
Nuestro empecinamiento por llevarnos con nosotros al menos un paneo general de la riqueza musical de la urbe del blues eléctrico, nos condujo una noche a The Backroom. Allí nos deleitamos con la voz y la presencia escénica de Julia Huff. La banda que la acompañaba era floja y el lugar, demasiado caro para nuestro presupuesto. Además de la entrada (bastante más costosa que la de Blue Chicago), sobre las mesas había un cartel que advertía que debían consumirse al menos dos tragos por persona. Como no habíamos sido notificados de esta condición en la entrada, hicimos caso omiso a la advertencia y disfrutamos del show con un solo trago cada uno. La cantante logró que el gasto adicional valiera la pena y pasamos otra noche excelente.
Habíamos visto un video de Huff antes de ir, por lo que sabíamos que su repertorio incluía temas de Tina Turner. Como no podía ser de otra manera, cuando Julia se acercó al público antes del último set, no resistimos la tentación de pedirle la canción de Tina que queríamos escuchar. A continuación y, complaciendo el capricho de dos argentinos sueltos en Chicago, Julia Huff interpreta un fragmento de “River deep, mountain high”. ¡Ojalá lo disfruten tanto como nosotros!
Oak Park es una zona residencial cuya importancia reside no sólo en el hecho de ser el lugar donde se encuentra la casa natal de Ernest Hemingway, sino también en albergar la mayor concentración de obras del arquitecto norteamericano Frank Lloyd Wright, además de su casa y estudio. El artista –nacido en Wisconsin en 1867- comenzó su carrera en aquel barrio situado en las afueras de Chicago, desarrollando un estilo de diseño único que le valió el reconocimiento como uno de los más grandes arquitectos del siglo XX.
El “Frank Lloyd Wright Home and Studio”, que sirvió de residencia familiar y lugar de trabajo al arquitecto durante los primeros 20 años de su carrera (de 1889 a 1909), puede ser visitado. Allí, Wright crió a sus seis hijos con su primera mujer –Catherine Tobin- y, junto a sus socios, delineó la nueva escuela arquitectónica que lo haría mundialmente famoso: “the Prairie style” (“el estilo de la Pradera”).
Este estilo fue inspirado en el paisaje del oeste central de los Estados Unidos, donde Wright pasó gran parte de su infancia. Según él, “la pradera tiene una belleza única y debemos reconocer y acentuar esta belleza natural (…)”. Pronunciándose en contra del retorno de los estilos clásicos, a los que tendía la arquitectura estadounidense de la época, Wright y el equipo de diseñadores que integraban su estudio crearon una nueva estética que combinaba funcionalidad y belleza y reflejaba el entorno natural.
Las casas “estilo Pradera” se caracterizan por poseer un techo bajo a cuatro aguas, siluetas suaves, ventanas alargadas y salientes anchas. En el interior, la planta es abierta y se extiende hacia afuera desde una chimenea central. Los muebles son elementos esenciales para el diseño y, por lo general, son empotrados. Los materiales de construcción y las terminaciones son naturales y la ornamentación, muchas veces, se limita a ventanas que funcionan como “pantallas de luz”, desdibujando la separación entre los espacios interiores y los exteriores.
La “Robie House” –ubicada en el campus de la Universidad de Chicago- fue diseñada en el estudio de Oak Park en 1908 y es uno de los tantos ejemplos de este estilo. También puede ser visitada. Entre los edificios públicos situados en el barrio de Wright y trazados por él se destaca el “Unity Temple”, templo Universalista Unitario. Al ser miembro de la congregación, cuando la iglesia se incendió en 1905, el arquitecto ofreció sus servicios a la comunidad. La construcción le llevó tres años y para ella empleó una técnica de hormigón reforzado, inusual en aquella época, que luego se convertiría en un sello distintivo de los modernistas que le siguieron –como Mies van der Rohe- e, incluso, de algunos post-modernistas, como Frank Gehry .
Si bien en Oak Park hay veinticinco edificios creados por Wright, la que es considerada la más famosa entre sus obras es el “Solomon R. Guggenheim Museum” de Nueva York, en la que trabajó desde 1943 a 1959. El museo se eleva en forma de espiral sobre Fifth Avenue y su interior evoca el de un caracol. Su diseño único está pensado para que el visitante tome el ascensor hacia el piso superior y, desde allí, descienda por la rampa en forma de espiral, contemplando las pinturas geométricas de la colección.
Wright fue un precursor que revolucionó la arquitectura a nivel mundial. Seamos o no grandes entusiastas del diseño, un paseo por Oak Park merece la pena no sólo para contemplar las obras de aquel gran artista y visitar su estudio, sino también por la belleza natural y la calma de su encantador barrio residencial.
Si Sun Records es considerada la meca del rock & roll, Chess Records es su equivalente en lo que al blues de Chicago respecta. En esta compañía discográfica, cuyo origen se remonta a 1947, inmortalizaron su música las más grandes figuras del género. De ellas, cabe destacar a Muddy Waters, Willie Dixon, Little Walter, Howlin’ Wolf, Buddy Guy, Chuck Berry, Bo Diddley, entre tantas otras.
Cuando los hermanos Leonard y Phil Chess –dos inmigrantes polacos- llegaron a Chicago en 1828, comenzaron a dedicarse a la venta de bebidas alcohólicas. En la década del ´40, eran dueños de unos cuantos bares del sur de esa ciudad, entre los que se destacaba “The Macomba”. En este club nocturno se presentaban shows en vivo; muchos de artistas del blues que habían emigrado del Delta del Mississippi entre los años ´30 y los ´40. La mayoría de los músicos que allí demostraban su talento jamás habían sido grabados debidamente, por lo que Leonard y Phil creyeron que era buena idea tomar riendas en el asunto. En 1947 se asociaron con Charles y Evelyn Aron de Aristocrat Records, una discográfica especializada en blues, jazz y rythm & blues. Dos años más tarde, compraron las acciones de los Aron y la compañía pasó a llamarse Chess Records.
McKingley Morganfield –mundialmente conocido como Muddy Waters- fue el primer gran músico que grabó para Chess. Mediante sus contactos en las radios y los clubes locales, los hermanos Chess lograron difundir su sonido único y, con el tiempo, Muddy se convirtió en el principal exponente del blues de Chicago. Muchos jóvenes talentos comenzaron a llegar del sur con la esperanza de seguir sus pasos. Ese fue el caso de Little Walter, un armonicista que inicialmente integró la banda de aquél y, más tarde, tuvo la oportunidad de lucirse como solista grabando éxitos como “Juke” y “My babe” para Checker (la subsidiaria de Chess).
El joven productor de Memphis, Sam Phillips, tenía grabaciones de un músico y trabajador de campo que se hacía llamar “Howlin’ Wolf”. Como en 1951 Phillips aún no había fundado Sun Records, se las vendió a Leonard y Phil y fue así como “How many more years” y “Moanin in the moonlight” se convirtieron en grandes éxitos. Al poco tiempo, Howlin’ Wolf se mudó a Chicago y firmó contrato con Chess. En ella permaneció hasta su muerte –en 1976- y se consagró como uno de los bluseros más influyentes de todos los tiempos.
Otros de los artistas destacados del sello Chess fue Willie Dixon. Además de grabar sus propias canciones como cantante y bajista, Dixon se dedicó a componer y producir muchos éxitos de otros músicos de la compañía como: “I ain´t supersticious” (Howlin’ Wolf), “My babe” (Little Walter), “Wang dang doodle” (Koko Taylor) y la famosísima “Hoochie coochie man” (Muddy Waters). También tocó el bajo en la mayoría de los primeros discos de Chuck Berry.
El edificio ubicado en el número 2120 de la avenida South Michigan –que hasta 1967 fue el hogar de la discográfica-, en la actualidad, alberga la Willie Dixon´s Blues Heaven Foundation. La fundación tiene como fin preservar el legado del blues y asegurar los derechos de autor de sus músicos, muchos de los cuales eran estafados en el pasado. Según Dixon, “el blues es la raíz y los demás tipos de música, los frutos. Es mejor mantener vivas las raíces, porque eso significa mejores frutos de acá en adelante. El blues es la raíz de toda la música norteamericana. Mientras que la música norteamericana sobreviva, también lo hará el blues”. A continuación, Dixon demostrando sus dotes como contrabajista:
Nuestra visita al histórico estudio de Chicago fue algo accidentada, pero no por eso menos significativa. Cuando llegamos, luego de un largo viaje en subterráneo, vimos que habían cerrado hacía tan sólo 10 minutos. Haber estado tan cerca de conocer aquel mítico lugar y tener que quedarnos parados en la puerta nos produjo una sensación amarga: una mezcla de bronca contra nosotros mismos, por no habernos tomado el trabajo de chequear los horarios de visita, y de profunda desilusión. Por suerte, un señor muy amable se asomó tras la puerta de vidrio y, al ver nuestros rostros angustiados, la abrió. Tras explicarle nuestra confusión y dar cuenta de nuestro amor por el blues, se apiadó de nosotros y nos dejó entrar. Fue así como tuvimos un tour súper acelerado, pero personalizado, de Chess Records. El señor en cuestión nos comentó que muchas estrellas del rock de la actualidad se emocionan profundamente al pisar ese lugar y sentir las vibraciones musicales de tantas grandes figuras de todos los tiempos. Ese fue el caso de Steven Tyler, líder de Aerosmith, quien durante su recorrido literalmente se arrodilló y besó el piso del estudio. Casualmente, Aerosmith es una de mis bandas de rock preferidas y las influencias que recibió del blues de Chicago son innegables. Basta con escuchar el disco “Honkin’ on Bobo”, repleto de covers bluseros, para percibir lo que los rockeros bostonianos sienten por ese género. Si no me creen, escuchen su versión de “I´m ready” de Dixon o vean el siguiente video de “Road Runner” de Bo Diddley, en vivo:
Además de la exhibición de objetos pertenecientes a músicos que grabaron en Chess, dentro del estudio, hay una sala que llamó particularmente nuestra atención. En ella, encontramos una pared cubierta por retratos de grandes bluseros hechos en un material que parecía yeso. La exposición se titula “Life Cast Portraits” y los moldes fueron tomados por la artista no vidente Sharon McConnell, aplicando capas de un material que no resulta dañino para la piel sobre el rostro de los músicos mediante un proceso que, según ella, es “breve y placentero”.
Me despido hasta la próxima no sin antes recomendarles un par de películas del 2008 inspiradas en la famosa discográfica: “Cadillac Records” , dirigida por Darnell Martin, y “Who Do You Love?” de Jerry Zaks. Además de presentar a los hermanos Chess, en ambas aparecen retratados Willie Dixon, Muddy Waters, Little Walter, Chuck Berry y Etta James.
Ahora sí, los dejo con Dixon “expresando sus nervios” mediante el siguiente blues:
Entre las muchas atracciones de Chicago, podemos destacar las siguientes:
Magnificient mile: Se trata del tramo de Michigan Avenue que se extiende desde E Walton hasta E Kinzie Street. Es la calle más moderna de la ciudad y en ella se encuentran los negocios de las marcas más importantes, imponentes rascacielos y unos cuantos edificios históricos.
Willis tower: Con 442 metros, es uno de los edificios más altos del mundo. Desde su mirador vidriado, ubicado en el piso 103, puede verse gran parte de la ciudad.
Buckingham Fountain y Millenium park: tan sólo 3 cuadras de paisaje ajardinado separan la gigantesca fuente del moderno parque, ambos rodeados por torres monumentales. Es ideal hacer este paseo en un día soleado. La limpieza y prolijidad del entorno puede generar la sensación de estar caminado sobre una maqueta gigante.
The loop: Esta zona céntrica recibe su nombre del sistema de trenes elevado que rodea el centro de la ciudad. Es un barrio con edificios modernos e históricos y, entre ellos, pueden verse los puentes que cruzan el río Chicago.
Newberry Library: Esta biblioteca no sólo amerita una visita por las importantes obras que se hallan en su interior, sino también por su belleza arquitectónica. Cuando la recorrimos, nos sentimos deslumbrados por la variedad del material que allí encontramos y, sobre todo, al descubrir que en uno de sus pisos había cabinas privadas con paneles acústicos que podían reservarse para ensayar canto y música.
University of Chicago: Además de su majestuosidad arquitectónica, es la universidad con mayor número de egresados, profesores e investigadores ganadores del premio Nobel; sobre todo en las área de economía y física. Además de las facultades y la biblioteca, el campus alberga el Smart Museum of Art, el Oriental Institute Museum y la Rockefeller Memorial Chapel.
Lincoln Park Zoo: Este gran zoológico es considerado líder mundial en la conservación de vida salvaje. Entre las especies en peligro extinción que alberga, se encuentran la cebra de Grevy africana y el camello silvestre de Mongolia.
Además, merece especial mención Oak Park, zona de residencia y del estudio del arquitecto Frank Lloyd Wright donde, a su vez, se encuentra la casa en la que nació el escritor Ernest Hemingway. (Dada la importancia del lugar, será descripto en un post aparte).
Chicago también es famosa por su pizza característica, de molde y con mucho queso. Si no quieren quedarse con las ganas de probar una buena “Chicago-style pizza”, les recomiendo especialmente “Giordano´s” y “Pizzería Uno”. Conviene ir temprano o, de lo contrario, armarse de paciencia, dado que son lugares son muy concurridos; sobre todo los fines de semana. En ambos restaurantes se debe ver la carta y elegir la pizza mientras se espera por la mesa. Este práctico sistema garantiza que las pizzas vayan saliendo a medida que los comensales son ubicados en sus lugares, de manera tal de sentarse literalmente “a comer”.
Chicago es reconocida por sus monumentales rascacielos, su clima ventoso (de allí su apodo: “the windy city” ~“la ciudad ventosa”) y, sobre todo, por ser el sitio en el cual el blues se volvió “eléctrico”. Situada en el extremo suroeste del lago Michigan, desde principios del siglo XX albergó músicos emigrados del sur –muchos provenientes del Delta del Mississippi- que huyeron del racismo y la Depresión económica en busca de oportunidades. Es por ello que la mayoría de los creadores del nuevo sonido conocido como “Chicago blues”, no son originarios de esa ciudad, sino que se afianzaron y crecieron en ella, generando una verdadera revolución cultural. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, surgieron clubes dedicados exclusivamente a este género y, una década más tarde, compañías discográficas especializadas como Chess Records, Delmark y Cobra.
La diferencia fundamental entre la “escuela de Chicago” y el blues del Delta –su antepasado inmediato- radica en el empleo de guitarras eléctricas para amplificar el sonido. Sus principales exponentes son Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Sonny Boy Williamson, Willie Dixon, Little Walter, Bo Diddley, Buddy Guy, James Cotton, Koko Taylor, entre tantos otros. Estos músicos no sólo expandieron el género, sino que también allanaron el camino para que surgiera uno nuevo: el rock & roll.
Las barreras entre el blues y el rock fueron derribadas por completo cuando, a mediados de los años ´70, músicos blancos –muchos británicos y algunos estadounidenses- tomaron a los bluseros originarios como referentes, rompiendo por medio del arte con tantos años de segregación racial. Entre los rockeros amantes del blues podemos destacar a John Mayall, Eric Clapton, Jeff Beck, Jimmy Page, Paul Butterfield, Mike Bloomfield, Charlie Musselwhite, the Rolling Stones, entre otros.
Ya sea que uno vaya en busca del auténtico blues eléctrico o no, al tratarse de la tercera ciudad más grande de Estados Unidos, Chicago está repleta de lugares interesantes para conocer, por lo que es recomendable tomarse unos cuantos días para recorrerla y organizar el itinerario con tiempo. En principio, resulta conveniente contratar un bus turístico “hop-on / hop-off”, ya que no sólo pasa por los principales sitios de interés, sino que también permite que los pasajeros bajen en la parada que quieran y puedan volver a tomarlo en el mismo lugar o en cualquier otro punto demarcado en el mapa del recorrido. Haciendo un tour de este tipo –que da mucha libertad al viajero-, en unas pocas horas se tiene un paneo general de Chicago, lo que posibilita definir los sitios a los que se pretende retornar para verlos con mayor detenimiento. Nosotros contratamos el de la compañía Double Decker & Trolley Tours, pero hay muchos otros con características y precios similares. Como ese tour contaba con cuatro líneas que iban por distintas rutas, además de conocer los lugares fundamentales del centro, tuvimos la oportunidad de recorrer otras zonas más apartadas en muy poco tiempo, como ser: Chinatown, Greektown y Little Italy (los barrios chino, griego e italiano, respectivamente). Para desplazarse por cuenta propia, es aconsejable sacar un pase de subterráneo por la cantidad de días de permanencia.
Esta gran ciudad en la que el blues se volvió “eléctrico”, ofrece opciones para todos los gustos. Queda en el visitante investigar según sus preferencias y aprovechar cada experiencia al máximo para –parafraseando a Robert Johnson- llevarse consigo una parte del “dulce hogar” que es Chicago. (Para datos acerca de lugares específicos que vale la pena conocer, hacer click aquí).
Para despedirme, los dejo con un video de “Sweet Home Chicago”, un verdadero himno del blues:
Belle Meade Plantation está ubicada al suroeste de Nashville. Tras un viaje de 20 minutos en auto desde la ciudad, se llega a esta finca histórica de 2144,8 hectáreas en la que se encuentra una mansión de estilo neoclásico, construida antes de la Guerra Civil Estadounidense y en perfecto estado de conservación.
Cuando arribamos a destino, fuimos recibidos por un guía vestido con un atuendo del Siglo XIX quien, al conducirnos en un tour por la mansión, nos relató la historia de su fundador, el General John Harding, y sus descendientes. Durante la visita, nos enteramos de que la familia Harding fue propietaria de la finca desde 1807 hasta 1906, cuando tuvo que ser rematada o vendida por problemas económicos.
Desde su fundación hasta su decadencia, la estirpe Harding estuvo abocada a la crianza y al entrenamiento de caballos de carrera cuya reputación de campeones trajo aparejado el renombre de la familia y su crecimiento comercial. Si bien la guerra interrumpió su exitoso negocio temporariamente –a diferencia de otros propietarios cuyos corceles fueron requisados para ser empleados por uno u otro bando-, Harding pudo conservar sus “pura raza”. El hijo del General, William Giles Harding, trabajó junto a su padre durante años, entrenando a los animales. Sin embargo, luego de la muerte del fundador de Belle Meade, fue el General William Hicks Jackson –casado con Selene, hija mayor de Harding,- quien continuó la labor de su suegro, colocándose al frente del criadero a pesar de heredar sólo un tercio de la plantación.
Belle Meade es considerado un lugar histórico, dado que en la Batalla de Nashville –que tuvo lugar durante la Guerra Civil-, las fuerzas de la Unión y la Confederación se enfrentaron en el jardín frente a la casa, llenando las columnas de ésta con balas. Si bien la mansión fue reconstruida, aún pueden percibirse rastros de la violencia sufrida. Al concluir la guerra, la plantación siguió siendo visitada anualmente por compradores de distintos lugares del mundo, por lo que su fama de criadero de primera clase continuó intacta.
Como muchas otras propiedades del sur de los Estados Unidos, la finca contaba con numerosos esclavos. Algunos servían a sus amos en las labores domésticas, mientras que otros se encargaban de trabajar la tierra o colaboraban en la crianza y el entrenamiento de los caballos. A medida que la plantación se fue volviendo más especializada, muchos de los trabajadores esclavos fueron desarrollando habilidades complejas, tales como: albañilería, carpintería, herrería, entrenamiento equino, entre otras. Los esclavos que sabían estos oficios tenían más posibilidades de conseguir trabajo en los estados libres que los demás. Es por ello que muchos huían al norte en busca de una vida en libertad, con mejores oportunidades.
Se cree que Belle Meade contaba con dos pares de viviendas para los esclavos: las primeras –cercanas a la casa– eran habitadas por los sirvientes domésticos y los trabajadores especializados, mientras que las otras dos –más alejadas- albergaban a los trabajadores del campo. Si bien la mayoría ocupaba estas viviendas, algunos sirvientes personales de los miembros de la familia Harding habitaban en la mansión junto a sus amos.
Luego de la Guerra de Secesión y la consecuente abolición de la esclavitud, la mayoría de los sirvientes abandonaron Belle Meade. Sin embargo, algunos de ellos siguieron trabajando en la plantación como mano de obra paga, ya que no conocían otra vida y no sabían cómo romper con tantos años de sumisión y falta de libertad.
Recorrer la finca y la mansión de la familia Harding permite realizar un viaje imaginario en el tiempo e intuir cómo pudo haber sido la vida de ricos y pobres, amos y esclavos, en el sur de los Estados Unidos durante el siglo XIX. Asimismo, ayuda a comprender la implicancia de la Guerra Civil y la abolición de la esclavitud en la historia de la larga y ardua lucha por los Derechos Civiles.
El Ryman Auditorium fue construido a pedido de Thomas G. Ryman, capitán de barcos de vapor y hombre de negocios, a fines del siglo XIX. La edificación de un espacio con acústica de excelencia tenía como fin difundir los sermones del reverendo evangelista Sam Jones, que habían servido de inspiración a Ryman. Diseñado en estilo gótico victoriano, el entonces Union Gospel Tabernacle fue inaugurado en 1892. Luego de la muerte de su dueño, en 1904, el nombre del templo fue modificado en honor a aquél.
Al tratarse de uno de los espacios más grandes de la zona, con el tiempo, el Ryman Auditorium se convirtió en uno de los lugares más solicitados para desarrollar actividades comunitarias y de entretenimiento. Su fama se consolidó cuando, en 1943, el Grand Ole Opry encontró su hogar en el Ryman. Siendo el programa de radio más importante de la música country, sus transmisiones en vivo desde el auditorio lo llenaron de grandes figuras (como Elvis Presley, Hank Williams, Johnny Cash, Minnie Pearl, Patsy Cline, entre otros), por lo que quedó ligado por siempre a los orígenes y al desarrollo de aquel estilo musical. Además de ser considerado “el templo de la música country”, también se lo reconoce como “el lugar de nacimiento del bluegrass”, ya que fue allí donde, en 1945, Earl Scruggs y Bill Monroe tocaron juntos por primera vez, dando origen a ese nuevo sonido.
Si bien en 1974 el Grand Ole Opry se trasladó a un nuevo edificio, las grandes estrellas de la música siguieron tocando en el Ryman. Con las remodelación que sufrió en 1994, el auditorio ganó confort a la vez que conservó su belleza y acústica originales. El “templo del country” no sólo no perdió vigencia, sino que es uno de los lugares más queridos por los músicos de todos los estilos. Por su escenario pasaron artistas de la talla de Bonnie Raitt, Beck, Coldplay, Kris Kristofferson, Kid Rock, Chet Atkins, Peter Frampton, Sheryl Crow, Taylor Swift y Trisha Yearwood, entre tantos otros.
En la actualidad, además de disfrutar de un concierto en vivo, el auditorio puede ser visitado. Al ingresar, un video narra la historia del origen y el apogeo del lugar, poniendo especial énfasis en su inseparable lazo con la música y la cultura country. Luego, el visitante es libre de recorrer el espacio como prefiera. Puede sentarse en los bancos de madera, caminar por los pasillos viendo las vitrinas donde se exhiben objetos de grandes figuras de distintas épocas, desplazarse por el piso superior contemplando las ventanas de colores cuya forma evoca las de un templo religioso, y hasta subir al escenario para sentir las vibraciones de toda la música que fue tocada allí a través de los tiempos. (Para ver un “tour virtual” del Ryman, hacer click en el link que aparece a continuación: http://www.youtube.com/watch?v=rRONKlbipyA).
Recorrer este espacio –en el que además fueron grabados los episodios de “The Johnny Cash Show”- resulta insoslayable para cualquier melómano; incluso para aquél que no tenga al country en su lista de géneros preferidos. Al menos eso nos ocurrió a nosotros –un par de humildes turistas- al pisar el escenario y al contemplar los trajes de Johnny y June, exhibidos en una vitrina, y las estatuas de bronce de Roy Acuff –“el rey de la música country”- y Minnie Pearl –“la reina de la comedia country”-, que actuaron en el Ryman de 1943 a 1974. Durante nuestro paseo, nos sentimos testigos de una parte significativa de la historia de la música y pudimos comprender por qué el Ryman es un verdadero templo de aquella forma de expresión artística.
A continuación, Johnny Cash en el famoso escenario durante en Grand Ole Opry de 1968: